Evita sustos más allá del día de los muertos: sistemas de alarma para entierros prematuros

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Uno de los mayores temores de nuestros tatarabuelos era que los enterrasen vivos.

Bueno, imagino que hoy día también habrá muchos que sigan teniendo accesos de sudor frío ante esa perspectiva, pero los tiempos adelantan que es una barbaridad y en esta época actual parece que tenemos otras preocupaciones más importantes como que no se nos caiga la conexión a Internet, poder pagar la hipoteca o que nuestro vecino no tenga un coche mejor que el nuestro, maldito trepa.

En estas fechas cercanas al Día de Difuntos parece que llega el momento de reflexionar un poco acerca de la muerte, la propia y la ajena, y en este caso vamos a repasar un poco algunos sistemas que hace décadas posibilitaban volver del Más Allá. Si no te habías muerto, claro. ¿Deseas saber más?

La literatura gótica está repleta de difuntos que no lo eran, de entierros prematuros, y los lectores de ánimo más débil empezaban a temer aún más el momento de la muerte, sobre todo si en realidad NO estabas muerto pero te enterraban igual.

En un momento en que la ciencia médica no estaba tan avanzada como hoy día y ciertos colapsos o ataques podían sumir a la víctima en un estado de desfallecimiento con un pulso y una respiración casi indetectables durante horas o días y sin que nadie pudiera discernir entre ciertos comas y la muerte, era más que comprensible que de tanto en cuanto alguno de estos infortunados terminase en el estuche de pino y si tenía el infortunio de despertar bajo un par de metros de tierra pues ya se puede uno imaginar el resultado.

Por ello hubo una cierta industria de recuperación de cadáveres que no lo eran tanto a base de artilugios que permitiesen al no-finado escapar de su no-ultima morada, como el de la foto superior e inferior a estos párrafos, un nicho familiar dotado de unas lápidas con mecanismo de cierre y apertura accionable desde el interior. Un par de vueltas de manivela y ya podías salir a darle el disgusto a tus herederos de tener que quedarse sin los bienes que tanto te costó reunir en vida.

También había otros curiosos enterramientos consistentes en una peculiar torre-periscopio que permitía examinar desde el exterior si todo transcurría con normalidad en el interior del féretro. Esa descomposición, esa podredumbre, los gusanos y toda la fauna. Dotado de un tubo que conectaba ataúd y exterior, si te asomabas por el mismo y no te llegaba el inconfundible hedor a cadáver siempre podías comunicarte con el ocupante del féretro y preguntarle si le faltaba algo. El tubo, evidentemente, también servía para que le llegase aire al hipotético enterrado prematuramente.

Algunos incluso llegaban a instalar un sistema de campanillas y cuerdas sujetas a la mano del finado (o no) para que si este despertaba alertase al enterrador para que acudiese a rescatarlo. También tenía que ser una experiencia divertida para el honrado trabajador del camposanto tener que salir en medio de una oscura y ventosa madrugada a comprobar la causa de esa campanita impaciente de la cripta del fondo.

Más modernamente igual no es mala idea recurrir a la gente del Six Feet Under Club (Club A dos metros bajo tierra) e incluir en el interior del féretro algún tipo de entretenimiento para soportar el tiempo que puedan tardar en acudir a rescatarte. Una buena pantalla LCD, un ordenador o consola, un poquico de WiFi. Vamos, lo normal. Para vivir así, mejor no morirse nunca.

─Antonio Rentero [io9]

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