I Concurso Nacional de Elevator Pitch: Buscando un minuto de gloria y una ronda de financiación

Empresas

Cuarenta emprendedores y futuros empresarios pusieron todas sus habilidades comunicativas sobre la mesa para buscar “compañeros de viaje” en sus proyectos.

Cuarenta proyectos de todo tipo. Un solo minuto para explicárselos a los inversores. Ideas contadas en las alturas con el objetivo de llegar a lo más alto.  Esto fue lo que vivimos el pasado viernes en la Torre de Cristal de Madrid, lugar donde se celebró el I Concurso Nacional de Elevator Pitch para Emprendedores. No podía haber lugar mejor para ello, teniendo en cuenta que el edificio dispone  del ascensor más rápido de España.

Durante el tiempo que duraron los elevator pitchs pudimos infiltrarnos entre los inversores, asistir a las presentaciones y hasta poner nuestra puntuación a los concursantes. Incluso acertamos en algunos de los ganadores.

“Uno de los grandes fallos del ecosistema español es frente al de EE.UU es la falta de perfiles o habilidades a la hora de vender las ideas.  Ser emprendedor se hace, hay que entrenarlo. La idea del concurso es potenciar esas habilidades”, explicaba Francisco Blanco, vicerrector de la Universidad Rey Juan Carlos, responsable del Master de Emprendedores de dicho centro y uno de los organizadores del evento.

Entre los participantes de la final del I Concurso Nacional de Elevator Pitch para Emprendedores podían encontrarse perfiles de todo tipo y provenientes de diferentes partes de la geografía nacional. Aunque predominaban jóvenes en los últimos años de carrera que habían decidido emprender como principal salida profesional, también había empresarios experimentados. Los había que se habían apuntado a las clases presenciales para preparar los elevator pitchs y los que, simplemente, habían practicado en casa. Algunos simplemente querían medir sus dotes o capacidades comunicativas y otros únicamente iban a conseguir “un compañero de viaje” que financiara sus ideas.

Las exposiciones de los elevator pitchs se dividieron en dos grupos, uno para los negocios tradicionales y otro para los digitales. Sin embargo, importaba más el cómo que el qué. La comunicación verbal, para-verbal y no verbal suponía un 40% de la nota, mientras la estructura del discurso contabilizaba otro 40%. La idea en sí solo representaba un 20% de la nota final. Además, si se pasaban del minuto de rigor, podían recibir una penalización de 10 puntos. Por lo general, no hubo demasiados que se excedieran, pero en algunos casos los titubeos y las inseguridades hicieron a varios emprendedores casi duplicar el intervalo.

Los cuarenta candidatos, escogidos entre más de quinientos, tenían que cuidar aspectos como la entonación y vocalización, la postura corporal y los gestos o  la emotividad. Además, debían describir claramente sus proyectos, lo que estaban buscando y definir el retorno o beneficio para los inversores.  Esta fue una de las principales quejas de los business angels. “Debe quedar claro exactamente lo que hacen los proyectos o las empresas”. Algunos no supieron ir al quid de la cuestión y solo intentaron vender quimeras. Otros se olvidaron de mencionar su propio nombre o el de sus negocios. Pero también los hubo que habían pensado en todo y habían traído sus tarjetas de visita, para que sus exposiciones no se quedaran en un minuto de gloria.

Al final, el jurado, compuesto por los business angels y los representantes de las entidades organizadoras, escogió tres proyectos de entre los cuarenta que habían sido seleccionados para la final. La ganadora fue Violeta Puerta, una joven comunicadora con un proyecto de viajes para personas con discapacidad. Hubo dos segundos premios, ocupados por dos negocios digitales. HivePlay, la aplicación móvil para elegir la música en locales, tiendas o bares, fue uno de ellos. El otro accésit fue a parar a The Shop Expert, una plataforma que proporciona soporte de chat en tiempo real para los visitantes de diferentes locales o establecimientos.

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